Alta sensibilidad y riesgo de adicciones
Hay personas que viven el mundo con una intensidad difícil de explicar. Perciben matices que otras apenas registran, captan emociones ajenas con enorme facilidad y procesan profundamente todo lo que sucede a su alrededor. Son personas altamente sensibles (PAS), y aunque este rasgo no es una enfermedad ni un trastorno, sí puede convertirse en un desafío importante en una sociedad marcada por la prisa, la competitividad y la sobreestimulación constante.
Muchas PAS crecen sintiéndose “demasiado”: demasiado emocionales, demasiado sensibles, demasiado afectadas por las cosas. Escuchan frases como “no es para tanto”, “te lo tomas todo muy a pecho” o “tienes que endurecerte”. Y poco a poco pueden llegar a creer que hay algo defectuoso en ellas, cuando en realidad simplemente procesan la vida de una manera más profunda.
Precisamente esa profundidad de procesamiento —uno de los pilares fundamentales del rasgo— hace que las experiencias no pasen superficialmente por la persona. Todo deja huella. Las palabras, los conflictos, las injusticias, las tensiones ambientales, las pérdidas, la crueldad, el rechazo o la agresividad del entorno pueden vivirse de manera especialmente intensa.
Y aquí aparece un punto delicado del que pocas veces se habla: algunas personas altamente sensibles pueden sentirse tentadas a buscar alivio en sustancias -y también pienso en pasar tiempo mirando las pantallas- que les ayuden a “anestesiar” temporalmente aquello que sienten.
No porque sean débiles y tampoco porque el rasgo conduzca inevitablemente a una adicción. Sino porque vivir constantemente expuesto a un mundo lleno de ruido emocional puede resultar agotador.
Cuando el mundo pesa demasiado
La PAS suele tener una gran empatía y una intensa vida emocional. Percibe tensiones invisibles para otros, detecta cambios de humor, absorbe ambientes y muchas veces carga emocionalmente con lo que ocurre alrededor. Además, suele experimentar una profunda necesidad de sentido, coherencia y humanidad.
Pero vivimos en una sociedad donde abundan el estrés, la presión, la competitividad, la dureza en las relaciones y la desconexión emocional. Para una persona sensible, sostenerse en medio de todo ello puede llegar a ser muy difícil.
Algunas PAS describen la sensación de vivir “sin piel”. Como si todo entrara demasiado profundo. Y cuando no se tienen herramientas para gestionar esa sobrecarga, pueden aparecer el agotamiento, la ansiedad, la tristeza o la necesidad desesperada de desconectar de uno mismo por un rato.
Ahí es donde ciertas sustancias pueden parecer una salida rápida: el alcohol para apagar pensamientos, los ansiolíticos para descansar, la comida para calmar la angustia o bien cualquier conducta que proporcione un alivio inmediato.
El problema es que aquello que inicialmente parece un refugio termina convirtiéndose muchas veces en una trampa.
La paradoja de la alta sensibilidad y las sustancias
Existe además una cuestión importante: las personas altamente sensibles suelen reaccionar con más intensidad también a nivel fisiológico.
Muchas PAS notan más el efecto de medicamentos, alcohol, cafeína o cualquier sustancia estimulante o sedante. Su sistema nervioso es más reactivo. Esto significa que el impacto puede ser mayor… pero también que el camino hacia la dependencia puede acelerarse más fácilmente en algunos casos.
Paradójicamente, la misma profundidad con la que viven las emociones puede hacer que ciertas sustancias resulten especialmente “efectivas” para anestesiar el dolor emocional… al menos al principio.
Sin embargo, el precio suele ser alto. Porque una PAS no deja de sentir por consumir algo. Simplemente queda temporalmente desconectada de aquello que necesita ser escuchado y comprendido.
No todas las PAS desarrollarán adicciones
Es importante decir algo con claridad: ser altamente sensible no significa tener una adicción ni estar condenado a desarrollarla.
De hecho, muchas PAS son extremadamente conscientes de los riesgos y suelen pensar mucho antes de actuar. La reflexión profunda y la capacidad de analizar consecuencias hacen que numerosas personas sensibles eviten conductas impulsivas. Pero sí puede existir una mayor vulnerabilidad cuando confluyen ciertos factores:
- una infancia invalidante,
- la sensación de no encajar,
- traumas emocionales,
- entornos hostiles,
- estrés prolongado,
- soledad,
- ausencia de apoyo emocional,
- o una vida excesivamente sobreestimulante.
Cuando una persona siente demasiado y además cree que “sentir” es un problema, el sufrimiento puede hacerse enorme.
El verdadero camino: aprender a gestionar el rasgo
La solución nunca pasa por endurecerse ni por dejar de sentir. La sensibilidad no es el enemigo. El problema aparece cuando la persona no comprende lo que le ocurre y vive permanentemente sobrepasada por la sobreestimulación, el conflicto y la intensidad emocional.
Una PAS necesita aprender algo esencial: proteger su sistema nervioso sin cerrarse a la vida. Necesita descanso emocional, espacios de calma, relaciones seguras, contacto con la naturaleza, creatividad, silencio, autenticidad y, sobre todo, permiso para ser quien es sin culpa.
Una vez que la persona altamente sensible comprende su rasgo, deja de verse como “demasiado” y empieza a entender que simplemente necesita vivir de una manera más consciente y respetuosa consigo misma. Y es entonces que ocurre algo importante: ¡ya no necesita escapar tanto de sí misma!
Una sensibilidad que también protege al mundo
En una sociedad que premia la dureza, las personas sensibles suelen sentirse fuera de lugar. Pero precisamente son ellas quienes sostienen muchas veces la empatía, la belleza, la conciencia social, la compasión y los valores humanos. El mundo necesita personas capaces de emocionarse, de percibir el sufrimiento ajeno, de cuidar, de crear belleza y de cuestionar la crueldad normalizada. La alta sensibilidad no es una debilidad. Lo verdaderamente peligroso sería perder la capacidad de sentir.
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